lunes, 7 de mayo de 2007

En un día existencial

¿Quién no ha experimento lo que se siente en un día existencial o, como diría Jean Paul Sartre, un día de Naúsea?
No sé si yo sea muy escéptica pero realmente no creo que alguien medianamente humano no haya experimentado, al menos una, de estas sensaciones:

- Nada sabe a lo que debería saber, nada huele a lo que debería oler y nada es lo que debería ser.
- El inconformismo ante lo que se hace o deja de hacer transpasa los límites del margen de error.
- Se está pero a la vez no y nunca se sabe dónde.
- Nada gusta, no gusta nada.
- Nada encaja en su lugar, o es más grande o es más pequeño.
- No se termina nada de lo que se empieza ni se empieza algo que se debiera terminar.
- La musicalización se torna melancólica; hace mella en los anhelos.
- Las ausencias se hacen más profundas y las presencias se ausentan.
- Las malas sensaciones se hacen más tangibles.
- Se busca algo, no se sabe que, pero pocas veces se encuentra.
- Se espera a alguien, no se sabe a quien, pero no siempre llega.
- Se espera un abrazo sincero pero no se pide.
- Se llama a alguien pero no pasa de ser una llamada telepática.
- Todo, absolutamente todo, se percibe con cierto sentimentalismo.
- No dan ganas de hacer nada pero nada nada.
- Las cosas parecen demasiado obvias, demasiado estúpidas o demasiado abstractas.

Tal vez un día existencial no sea nada agradable pero a la vez es el día en que nos sentimos completamente humanos.

sábado, 28 de abril de 2007

Al niño que llevamos dentro


"Decididamente, las personas mayores son muy extrañas".

El Principito,
Antoine de Saint-Exupéry


Realmente no sé si en mi interior sea niño o niña, creo que he sido de los dos.

A veces disfrutaba de las muñecas, de los vestidos y de los juegos de té, pero otras me moría por los carros a control remoto, el fútbol y las caricaturas. Qué más que hacer un homenaje a nuestra propia infancia a propósito del 29 de abril.

No hay cosa más bonita que la infancia: vivir sin preocupaciones, crecer sin prejuicios, ignorar las reglas, decir lo que se piensa, disfrutarlo todo, reír por nada...

Mi infancia la recuerdo con alegría. No puedo evitar sonreír al pensar en las mil una veces en que llegué a la casa con la sudadera de la guardería rota en las rodillas, en el disfraz de calabaza que parecía un tomate, en el algodón de azucar gigante, en las travesuras, en lo mucho que me gustaba esconderme y asustar a mi hermanita, en los juegos que implicaban ponerse la ropa de la mamá o los zapatos del papá, en la bañana "en bola" en los paseos de olla, en las compotas que odiaba, en Carrusel de la Américas, el Chavo, Hechizada, Barny, Los Supercampeones, Los Picapiedra, Los Supersónicos, en las caricaturas japonesas y en todas las series de los canales nacionales como Tentaciones, Dejémonos de Vainas, Todos en la Cama, Conjunto Cerrado, etc. En el súper nintendo y Mario Bross, en el computador y Prince, en los libros de la serie Escalofríos, en los LP de canciones infantiles, el caset de Xiomi y el de Verano Eterno. En los sábados y domingos de deporte.

Como olvidar la ansiedad que me producía la llegada del cumpleaños, de la navidad, del día de los brujitos y de los paseos. La felicidad de recibir un regalo, de cambiar de disfraz, de pedirle al Niño Dios y de jugar con la arena en la playa.

Los culumpios, el mataculín, el "lizadero", el Parque Norte (parque de diversiones), la "ciudad de hierro", las casas embrujadas que me producían (y me producen) pavor, los títeres, el circo, la rueda de Chicago, los juegos de monedas, la golosa, el lazo, el Stop, el ponchado, las canicas, la "cucha cogida"* en todas sus expresiones (mantequilla, congelada, color, televisión, puente), el escondidijo, el "puente quebrado".

Los súper héroes y la famosa Liga de la Justicia: Batman, Superman, La Mujer Maravilla, Linterna Verde, Flash y Aquaman.

Los libros para colorear y las caricaturas ilustradas.

Las montadas gratis en transporte público porque se pasaba por encima o por debajo de la registradora.

La vuelta a la manzana en bicicleta o en patines.

Las marcadas a cualquier número de teléfono y, obviamente, las colgadas (hasta que aparecieron los identificadores).

La indiferencia que me producía la manera en que me vestían o me peinaban, lo chistoso de las medias veladas y las aburridas idas a misa.

Tantas cosas que recordar...

Aunque estoy a casi un mes de cumplir 18 años reconozco que no he dejado muchas manías infantiles: a veces hago pucheros, hablo mimado, no entiendo a los adultos, celebro cualquier cosa, veo todo muy fácil y, mi favorita, me gusta disfrutarlo todo.

He identificado en mí muchos comportamientos propios de, como diría el Principito, las personas mayores, sin embargo hago todo lo posible por no dejar de lado mi niñez interior.

Me preocupa y a veces hasta me alarma el ver cómo las generaciones "modernas" no disfrutan tanto su niñez, son precocez, omiten algunas etapas, crecen con vacíos afectivos, tienen una concepción artificial del mundo y, como alguna vez leí o alguien dijo (no me acuerdo bien), "nacen siendo adultos pequeños" y ese sí que es un problema.

Al niño o niña que todos llevamos dentro quiero decirle que nunca crezca, que nunca dejer de ver el mundo con sus ojos soñadores, que nunca deje de preocuparse por los otros y nunca deje de expresar lo que siente; que haga que la persona en la que habita no "madure" del todo para que, cuando más lo necesite, tenga la capacidad de ver la vida con ojos de niño.


*juego infantil que consiste en que un niño corre tras los demás hasta tocarlos, cada juego "chucha" (manequilla, color, televisión...) tiene reglas diferentes para "salvarse" de ser eliminado.

jueves, 29 de marzo de 2007

Cosas que se les olvida a los conductores de buses y busetas

El transporte público y, particularmente, la manera de conducir de quienes están al volante de buses y busetas ha sido la causa, en más de una ocasión, de quejas, refunfuños, malacaras y hasta "madreadas" de quienes diariamente utilizan este servicio para movilizarse.

Los conductores tienen características peculiares que son perceptibles para quienes suben a sus vehículos: el que siempre saluda, el que nunca responde las gracias , el que no devuelve cien pesos, el que siempre saluda al del bus de al lado, el que maneja con los billetes en la mano, el que siempre le compra al ventero ambulante y hasta el que nunca permite que los "cacharreros" se le suban al bus... Lastimosamente la mayoría de ellos, con sus cosas buenas y malas, terminan siendo estigmatizados por una generalización: manejan como unas bestias.

Esta generalización, a mi parecer, se da por algunos detalles que se les olvidan:


  • Los pasajeros son personas, no objetos inanimados ni seres insensibles.
  • En las curvas no se acelera.
  • A la hora de frenar no hay que hacerlo abruptamente.
  • Los vehículos tienen un límite de capacidad.
  • Hay personas que van de pie y los movimientos bruscos pueden hacerles perder el equilibrio.
  • Las personas tocan el timbre para bajarse en ese instante no en el barrio que sigue.
  • Los "policías acostados" se pasan despacio.
  • Cuando se instalan registradoras que no se devuelven se dificulta la circulación dentro del vehículo y se pone en riesgo la seguridad en caso de accidente.

***

Un día cuando iba para la Universidad, con el tiempo preciso como siempre, le puse la mano a un micro bus y lastimosamente vi como el "copiloto" salía por la ventana y me decía: "Venga le recibo mona pa' que se suba por la de atrás". Entregué el pasaje, exactico para evitar demoras, y me dirigí rapidamente a abordar el vehículo. Mi lugar fue en en las escaleras detras del último par de sillas.

A medida que avanzaba el micro bus los pasajeros mirabamos con preocupación como por cada persona que se bajaba se subían otras tres. Quienes iban de pies en el corredor apenas podían sostenerse en las curvas y cada que el conductor aceleraba se agarraban con más fuerza porque sabían que en cualquier momento la frenada iba a ser algo complicado.

Casi diez minutos después de haberme subido comencé a detallar a los pasajeros y me di cuenta que quienes iban de pies luchando por conservar el equilibrio aparentaban no tener menos de 50 años, mientras que los que viajaban más cómodos en los asientos no tenían más de 30.

Cuando por fín llegué a mi lugar de destino (medio recorrido hacia la "U") me bajé con una mezcla de emocionos: alivio, mal genio, indignación y alegría (¿cómo no alegrarme después de semejante recorrido?). Inmeditamente saqué un lapicero, anoté la placa del carro y cuando me dirgía a escribir el teléfono de "¿Cómo conduzo?" ya había cambiado el semáforo y el micro bus, junto con el teléfono, ya estaban fuera de mi campo de visión.

Me quedé con una espina y con dos dudas: ¿esos teléfonos si funcionarán?¿La gente si llama?

miércoles, 14 de marzo de 2007

Escrito acerca de la sintaxis de la película Amores Perros

¿Cuántas vidas cambia un solo momento?

“Una película excitante de intensas emociones sobre la redención y sobre la vulnerable y compleja experiencia humana”.
http://movies.filmax.com/amoresperros


En la película Amores Perros, dirigida por Alejandro González Iñarritu y producida por Altavista Films y Zeta Films, se establecen tres historias diferentes que se entrecruzan a medida que se va desarrollando cada una de ellas: “Octavio y Susana”, “Daniel y Valeria”, “el Chivo y Maru”.

La primera escena, una tensionante persecución que termina en un terrible accidente, se convierte en el punto de convergencia de las historias propuestas. Octavio, quien maneja a toda velocidad para alejarse de sus perseguidores y tratar de salvar a su perro Cofi, impacta el carro de Valentina, quien acaba de salir de la casa en la que vive con Daniel; el Chivo se encuentra en la misma calle planeando un asesinato, pero al momento del choque acude a ayudar a las víctimas y termina llevándose y curando a Cofi, quien luego se convertirá en la imagen de su propio ser y lo llevará al cambio.

Durante la película se intercalan las escenas de cada historia, inicia con un ciclo de imágenes: Octavio y Susana – el Chivo y Maru – Octavio y Susana – Daniel y Valeria – Octavio y Susana. El ciclo demuestra como las escenas de Octavio y Susana son más frecuentes durante los primeros minutos sin olvidar los otros dos relatos; luego continúa la historia de Daniel y Valeria y se intercalan las escenas con las de el Chivo y Maru. En este segundo momento se da más duración a las escenas de Daniel y Valeria porque, por decirlo así, es el “relato de turno”.

El filme no maneja una estructura lineal en toda su estructura sino que la linealidad la deja para las historias en particular, salvo al inicio.

Un detalle para destacar es la manera en que se conectan las historias. No se evidencia una relación directa entre personajes, la unión se realiza a través de símbolos, a veces notables y otras sutiles, como imágenes, momentos, lugares y objetos. Durante el desarrollo de una historia en particular se pueden mostrar detalles de otro relato que no habían sido revelados.

Los perros son una constante en la historia. Al hacer una analogía entre el título de la producción y los “roles” desempeñados por estos animales pueden resultar apreciaciones como: el amor que hace sufrir y causa daños irreparables, el amor olvidado que se dedica a una vida vagabunda junto con otros amores olvidados, el amor que se hace obsesión pero tarde o temprano termina “bajo el suelo” y el amor que tras una profunda herida vuelve a encontrar una oportunidad.

Los personajes de las tres historias están marcados por el dolor, el sufrimiento y la desdicha, y tenuemente iluminados por un amor que palpita con debilidad.

Una cotidianidad familiar ambienta las historias. El espectador puede identificar con facilidad algunas coincidencias en su vida diaria y a la vez adoptar una postura de cuestionamiento hacia cómo puede estar relacionado con un desconocido y cómo sus acciones pueden repercutir en la existencia de otras personas.

Momentos cortos pueden cambiar el rumbo de lo que se ha vivido.

martes, 20 de febrero de 2007

Ejercicio utilizando (.) (,) (:) (...)

Domingo en la tarde sin mi abuela

Querida abuela:

Hoy es domingo en la tarde, la ciudad está tranquila: poco queda del caos semanal.

Quienes aman el deporte han madrugado con una fuerza de voluntad envidiable y ahora descansan. Las amas de casa se han dado el lujo de no cocinar y ahora comen en algún restaurante. Los fanáticos del fútbol están en el estadio o frente a sus televisores. Quienes salieron a pasear preparan su regreso. Los estudiantes comienzan a sentir la terrible y típica sensación del rápido paso del fin de semana. Yo, pienso en vos...

La invasión de tu casa cada domingo y lo que ésta implicaba no es fácil de olvidar: la llegada de cada una de tus hijas con sus hijos y nietos, la instalación del equipo de sonido en la terraza, la preparación del “algo” y de la comida, la canasta de cervezas y la media de ron, la armada de la carpa para el sol, los disfraces y las imitaciones, los bailes exagerados y los chistes repetidos, los vecinos infiltrados y las visitas inesperadas, tus nietos pretendiendo cocinar, las fotos “in fraganti”, las carcajadas... tu alegría.

Es difícil asociar tu imagen de aquellos días a la que adquiriste unos meses después: frágil, triste, enferma... moribunda. No fue fácil comenzar un nuevo año sin vos, ni mucho menos disfrutar la algarabía de un 31 de diciembre sabiendo que yacías fría en un ataúd.

Aún se me llenan los ojos de lágrimas los domingos en la tarde cuando me encuentro acostada en mi cama y sé que no iré a visitarte. Trato de pensar con qué reemplazar el espacio: una ida a hacer deporte, una película en casa ajena o incluso en el cine, una “tardiada” con los amigos en algún parque, un partido de fútbol en el estadio, una clase de conducción dictada por mi mamá, un paseo de olla... o simplemente una tranquila lectura en casa.
Hoy es domingo en la tarde, la ciudad está tranquila. Sólo me queda decirte: te extraño.

miércoles, 7 de febrero de 2007

Autobiografía

“Sólo quiero ser diferente a las demás”


La timidez era la excusa. La terquedad se convirtió en la evolución de dicho pretexto. La rebeldía fue la conclusión.

Llegó al mundo antes de la fecha prevista. Nunca disfrutó de la leche materna, no se creyó el cuento de Popeye y las espinacas. Cuando le daban crema de zanahoria prefería mezclarla con el jugo y decirle a su mamá que probara lo maluca que estaba. Siempre llegaba de la guardería con la sudadera rota en las rodillas. No le gustaba salir a jugar, prefería sentarse en el balcón a mirar el cielo y perderse en sus pensamientos o sentarse en un cómodo sofá a leer Escalofríos. Pensaba que en muchas ocasiones hablar era innecesario. Creció con el sueño de tener un perro, aún ahora lo sigue soñando.

Su nombre es Jennifer Argaez Urrego, nació el 10 de junio de 1989. Se declara “orgullosamente paisa” aunque confiesa que en un principio no le gustaban los fríjoles; ahora dice que se come toda la “bandejita pero sin chicharrón”.

De pequeña disfrutaba los deportes y actividades en que su papá la inscribía. Natación, patinaje, gimnasia, baloncesto y tenis de campo hicieron parte de su lista. Finalmente, después de terminar los niveles básicos, se dedicó en su tiempo libre al deporte blanco y a otras actividades como las clases de inglés y las de pintura.

En los primeros años de colegio las profesoras la denominaban como una estudiante atenta, muy callada y poco sociable. Reconocían que era una alumna excelente aunque nunca hacía las tareas de religión sobre el evangelio del domingo: “No me llevaban a misa y yo tampoco me quejaba, en realidad ni me gustaba”, dice ella al recordar las notas de “no hizo la tarea” que debía hacer firmar por sus papás.

Fue creciendo y su carácter observador se tornó desafiante. Le mandaban hacer una cosa pero resultaba con otra diferente. Parecía en una etapa de terquedad juvenil; en realidad era la simple muestra de un rechazo hacia las órdenes. Se sentía débil para contestar algún regaño porque al primer intento de modular palabra sus ojos se llenaban de lágrimas, odiaba que la vieran llorar. Prefería demostrar su carácter con hechos. Una de sus mayores satisfacciones fue hacerse merecedora de la excelencia académica en un año durante el cual viajaba a otras ciudades, cada quince días, para participar en torneos de tenis de campo.

Por ser géminis, el horóscopo la define como cambiante y sí que lo es. Ahora poco queda de la pequeña tímida y poco sociable; no le teme a los nuevos retos, ama la aventura y la libertad, es una persona alegre, observadora, activa y que no le gusta complicarse. Su “lado oscuro” está marcado por la impaciencia, la indecisión, el cambio de humor, una tendencia a juzgar antes de conocer y en ocasiones a reprimir sus sentimientos.

No le molesta que la llamen rebelde siempre y cuando no la relacionen con RBD. Lo que más admira es la autenticidad, algo que odia es la homogeneidad y su máximo ideal es ser siempre ella misma: “Nunca pertenecer al montón”.